sábado, 11 de junio de 2011

Presentando a los impresentables...


                                                                             
El plomizo y cargado cielo nocturno se va tornando serio, desgarrador. La pertinaz y ladina lluvia, había estado trazando su meticulosa y concienzuda red artera.
Durante todo el día se había ido manifestando con lánguida y monótona tez, arrojando distraída la paja sobre el tapete, descalabrando torpemente las cartas al barajar cual imberbe principiante entre abuelas de sobremesa hogareña.
Mas, por debajo, con su siniestra mano, había ido reuniendo pacientemente todos los ases con el fin de asestar el gran golpe de gracia que ya casi se adivinaba.
Asediaba ahora el cobertizo sin piedad, repicando estruendosa en el tejado. Requinteando en los aleros y vertientes. Batiendo desatada contra puertas, ventanas y puntos débiles en mi enflaquecido abrigo.
Los temidos ejércitos reclutados por la lluvia anfitriona, no se hicieron esperar, reclamando voto de presencia en el infausto asedio:
La temida y refulgente espada azul del bárbaro relámpago. Rauda, mortal, inexorable; y el contundente ejército de tambores dirigido por su contramaestre el trueno, que lo secunda siempre, con imparable paso.
También el frío viento del norte quiso participar en la contienda, estampando sus mesnadas contra el frente y rodeando, seguidamente, los flancos laterales.
Bien pudiera decirse que el tiempo meteorológico se confabulaba para que la reunión secreta nunca tuviese lugar y que los arcanos que habían de ser desvelados, mantuviesen sus precintos intactos para todo ser que careciese de la determinación y arrojo imprescindibles para desentrañarlos.
Pero un auténtico aventurero de la noche, no es persona melindrosa ni dada a caminar en retaguardias. Su ansia por el saber oculto, adopta supremacía por sobre todo tipo de emociones primarias desalentadoras y titánicas situaciones.
Los vigorosos golpes de la vetusta aldaba con cara de sapo, sonaron imperiosos. Con el último de ellos, la puerta se abrió de par en par, haciendo que el viento y la lluvia tomasen por la fuerza una buena parte del vestíbulo, encharcándola de inmediato.
Al adentrarte unos pasos, intentas acostumbrar tus ojos a la oscuridad reinante, a la vez que lanzas al aire un saludo general, pues todavía eres incapaz de enfocar algún punto concreto en el entorno que te pueda ofrecer una respuesta inteligente.
El agua y el viento miden sus fuerzas unos instantes contra tus brazos tensionados, mientras pugnas por devolver a la puerta a su alojamiento natural. Finalmente ceden de manera súbita, logrando que la madera golpee con estrépito.
Propiciado seguramente por este hecho, el estante sobre el dintel se viene abajo y arremete contra tu cabeza. Lo acompaña un viejo y desgarbado reloj de torre, que habiendo pasado a mejor vida años ha, cumplía ahora una función meramente ornamental, aportando al hogar una esencia de antigüedad y anacronismo acentuado por la gran abundancia de polvo que cubría sus recovecos.
Cuando al fin tus ojos se habitúan a la penumbra, descubres una silueta con blancos dientes a modo de sonrisa que te saluda desde el rincón opuesto al cálido fuego.
¡Ese soy yo!... Divertido al observar los frenéticos movimientos de mis diminutos amigos al advertir tu presencia.
Con el paso del tiempo los he ido conociendo bien a todos y, lo que al principio había sido una molesta desconfianza mutua, paulatinamente se fue tornando en conformidad, aceptación y diversión. Últimamente hasta siento cierta añoranza en los momentos de su ausencia.
Decidí un buen día asignarles unos nombres según me fueron suscitando sus marcadas personalidades. Así: “Ojos de hoja” y “Cara de Grelo”, para aquellos más somnolientos y educados. De movimientos ralentizados y párpados semi-caídos. Durante la noche duermen hasta bien entrada la tarde y, al despertar, descansan de sus agotadores sueños.
“Trompicones” y “Zafarrancho”, para los dos más activos y demoledores. El primero trabaja destrozando todo cuanto cae en sus manos y el segundo, cual responsable hermano, va esparciendo las virutas en amplios radios, con el honorable objeto de eliminar pistas molestas de las fechorías del primero.
“Tonelillo quebrado” es el gandul que ha conseguido que encierre mis botellas de licores bajo llave. Lo curioso es que, a pesar de ello, siempre aparecen medio vacías… es muy posible que su compinche “Dedos de víbora” tenga algo que ver en el asunto. Raudo y hábil cual centella y excelente amigo de lo ajeno.
Luego está el fantoche “Mandarria de cartulina”. Un día estaba fanfarroneando que si era el mejor tirador de dardos de todos los tiempos… -Donde pongo mi ojo, pongo la punta del dardo… ¡Vaya con el peligro en potencia!. Bastaron apenas unas pulgadas para que me incrustara la punta del dardo en el ojo, de tan desviado que tiraba…
El optimista y el pesimista. “Comesombras risueño” y “Sombra de la negrura”. Los tengo visto atrapados en bucles temporales casi perfectos. Comesombras risueño se encontraba un día, feliz. Contando las monedas que sacaba de su arcón, mientras las transvasaba a otro cofre, a la vez que se alegraba por su inmensa fortuna; que realmente no era tal, pues la escasa docena de monedas que pasaba repetidamente por sus manos, engrosando el cómputo de cada vez, derivaban del gracioso hecho de que, a sus espaldas, se hallaba Sombra de la negrura que, tristemente, iba descontando las mismas monedas del cofre al arcón, a la vez que se quejaba de la terrible pesadilla de tener que preocuparse por su inmenso tesoro y vigilarlo permanentemente.
Otro ser con  ilógicos y, a veces, desesperantes monólogos y cascadas de preguntas se llama “Parlanchina lluvia”:Recuerdo el día que me hizo reflexionar con uno de sus pueriles argumentos embebidos de sabiduría: -Si tengo una pintura de color verde ¿puedo pintar en azul? –No, respondo sorprendido. Cada lápiz funciona según su color -¿y entonces… porqué el pincel rojo del fuego escribe en color negro…? .
Es incapaz de mantener la boca cerrada. Todo le interesa y causa extrañeza. Sus puntos de vista caminan por las senda de la lógica casi circundando sus límites y fronteras.
Otro de mis pequeños huéspedes se llama “Malaidea de Cuco”. Hablando ayer mismo con Parlanchina, mantenían el siguiente diálogo:
-He visto a Tonelillo quebrado en una situación un tanto curiosa, y desearía saber qué opinión te merece, dijo con sonrisa maliciosa intentando comprobar la sabiduría ingenua de Parlanchina lluvia.
Tonelillo quebrado llenó cinco jarras de cerveza y se las fue bebiendo mientras amasaba unos suculentos pastelillos de licor. Llegando a elaborar diez bolas de bizcocho. Una vez acabadas las jarras, llenó otras cuatro y procedió de la misma guisa. Esta vez sólo hizo ocho bolas. Una tercera vez escanció tres copas y sólo confeccionó seis bollos. Creo que  los efluvios etílicos comenzaban a hacer mella en su trabajo, pero… ¿Cómo es posible que cuánto menos bebe, más borracho está? A lo que Parlanchina respondió: -Yo creo que la masa se le iba endureciendo y, aparte de esto, el tiempo en el que se beben cinco jarras es mayor que el empleado para beber cuatro. Por lo tanto es lógico que haya hecho menos bizcochos progresivamente. Malaidea de Cuco se largó un tanto molesto. Le había salido el tiro por la culata.
Así son estos personajillos. Vivarachos, entrometidos, alegres y espabilados. Hay muchos otros: “Jarandilla la fiestera”, “Paso apagado”, “Cara de pez”…Pero los que me visitan habitualmente son estos que aqui he mencionado.
Ahora que has hecho voto de presencia en el vestíbulo de mi pequeño albergue; se inquietan y precipitan, queriendo ser los primeros en saludarte y darte la bienvenida.
Ya Zafarrancho se te encarama al hombro cuan hábil escalador para darte golpecillos y tirones: ¡Hola… Zafarrancho…! ¡Me llamo Zafarrancho…! Trompicones te rodea haciendo cabriolas y saltando como un loco. Parlanchina lluvia comienza con su ametralladora de palabras e interjecciones emocionales. Dedos de víbora hurgando con discreción en tus bolsillos…¡En fin, todos se afanan en ser los primeros en ofrecer su efusivo y nervioso saludo!. Ojos de hoja y Cara de grelo esperan pacientes su turno educadamente sentados en sus taburetes.
Mientras esto sucede, tus manos se sacuden el empapado atuendo, pesado casi como el plomo:
-¡Aciaga noche para una reunión!. Parece que todas las almas impías de todos los tiempos, se hubiesen confabulado para cobrar sus deudos y vendettas…
- La sabiduría natural a menudo esconde sus tesoros en vericuetos y estrecheces de difícil acceso. A veces en parajes hostiles. Pero muy de vez en cuando, y aquí viene lo mejor, los camufla o mimetiza en elementos comunes del entorno… Siempre existe algún tipo de cedazo que selecciona a los intrépidos peregrinos y los conduce por senderos inauditos y enriquecedores.
No te extrañe, pues, la tempestad que se ha venido sobre nuestras cabezas.
-¿Te has hecho daño con el estante?
-¿Lo del reloj…?. En el momento sí… ahora creo que ya se me ha pasado. Llegué a pensar que no podría cerrar la puerta… Siento que se haya roto.
-No tiene importancia, es sólo un objeto… ¡Ten! He preparado este licor de hierbas aguardentado que levantaría el ánimo de los muertos. Siéntate en el sillón junto al fuego y bébelo de un trago. Entrarás en calor de inmediato.
Retiro tres troncos de castaño seco del interior de un viejo arcón de madera apolillado. El fuego balbucea cuando los arrojo, haciendo titubear a la penumbra en la sala. Finalmente regreso portando otro vaso similar al tuyo y me acomodo en una butaca adyacente.
-¡¿Y bien…?! ¿Soy el primero en llegar, o es que el resto del personal no ha tenido reaños de presentarse con este tiempo?
Contengo la risa al observar los gestos estupefactos de mis pequeños amigos cansados de derrochar sus efusivos saludos. Ahora paralizados me observan con gesto de incredulidad indescriptible. Parlanchina Lluvia me pregunta: ¿Es ciego y sordo?... ¿Está vivo? Yo remuevo distraídamente  las  brasas mientras jugueteo con los cepos recién ofrendados al fuego. Con una mirada cómplice, tranquilizo a mis pequeños compañeros haciéndoles entender que ya les explicaré luego…
Es lógico que no pueda verlos…  pienso. Hay todavía demasiada oscuridad en torno al fuego…

Fernando Teijeiro Rey

miércoles, 1 de junio de 2011

La lluvia que recoge el alma


LA LLUVIA QUE RECOGE EL ALMA

Fuera está lloviendo… durante todo el día la lluvia ha persistido de una manera constante y sosegada, encharcando los campos grises de las desoladas colinas que bordean mi refugio. Haciendo brillar las hojas de las enredaderas que, en el pedroso patio, se agolpan contra el    muro en un vano intento por mantener aquel cálido aliento vaporoso que, casi imperceptible, escapa de sus poros.
En la musgosa esquina del Norte, el cántaro desborda lentamente, emborrachando las cuencas pétreas del oscuro patio. Mil ojos diminutos contemplan escondidos:
La araña tras los postigos, el gorrión que, redondo, se acurruca en el alero pizarroso, la rana bajo la verdosa y aletargada manta liquida de su pequeña poza…
Las criaturas se acomodan en las atalayas ocupando sus mullidas camas y cediendo sus movimientos al único protagonista acuoso que ameniza el espectáculo con su recurrente sinfonía…
Mis propios ojos, tras la ventana resbalosa, se adormecen y buscan abrigo en la cálida lumbre que con quebrantos, danza su ritual mágico, reiterado desde el principio de los tiempos.
Tan sólo se perciben sutiles variaciones fugaces, y esquivas para el recuerdo, en su baile sempiterno al crepitar.
Si pudiésemos comparar todos los fuegos de todos los tiempos, jamás encontraríamos dos coreografías exactamente iguales. Sin embargo, a sus llamas les encanta vestir a menudo las mismas prendas rojo-anaranjadas y las variaciones de ejecución de sus dibujos, son tan fugaces y sutiles, que los requiebros de la última luminaria semejan, casi a la perfección, idéntico movimiento que el de la primera. El mismo fuego de todas las edades ardiendo en todos los tiempos. Es por esto, que nos embelesa y causa un efecto hipnótico en nuestra mente, relajando el cuerpo y recordándonos que todo va bien, que todo continúa como en el albor de las edades.
Ocurre lo mismo con todos los movimientos naturales cotidianos: el cántico de la lluvia… el viento sobre las cimas… las olas de los océanos… el sonido de los arroyos… y el aire, que, colándose por entre los resquicios de las puertas, silba amenazante su advertencia: “¡Quedaos junto al fuego, pues hoy vuestros dominios nos pertenecen…!”
Ahora, que el día se va consumiendo, cede su reinado a los seres de las sombras, amigos de las esquinas y dobleces torvas. Sibilinos conocedores de los intersticios profundos de mi ser. Trepan gozosos por lianas de tendones, emergen de las dendritas, y, sonrientes, van ocupando sus taburetes haciendo corro bajo la penumbra de la encogida estancia.
Ha llegado nuestra hora y acuden puntualmente a la agradable cita: duendes, enanos, elfos y toda clase de rarezas se agolpan expectantes con caras de pillería e ingenio.
Esperan a alguien que se retrasa… mientras, inquietos, como de costumbre, susurran jocosos relatos de trampa y de triquiñuela.
Algunos se entretienen jugando a tirarse al fuego y comprobar cúal de ellos ha quedado más tiznado.
Un nuevo grupo arrastra su pecho por la tarima y con la barbilla alzada a un dedo del piso y las manos agarradas tras la espalda, se propulsan con sus diminutas y estrafalarias piernas en lo que parece una especie de carrera o competición organizada con el único pretexto de “Ir matando el tiempo”.
Pero todos se detienen sonrientes y abandonan sus quehaceres, cuando unos pasos acelerados se aproximan al pórtico exterior del salón. Son las inconfundibles y clandestinas botas del aventurero de la noche… son tus botas que croan húmedas en el diván de la entrada.
¡Adelante, amigo… te estábamos esperando…!

Fernando Teijeiro Rey