Nunca había visto al Doctor Pachán tan circunspecto y envuelto en turbios y amargos pensamientos como en aquella tarde oscura del mes de Marzo. Tomó su habitual asiento, que para él tenemos reservado en la esquina oscura, bajo el candil colgante, en donde la vela danza y se contorsiona en metafórico honor a los contrastes emocionales del huesped: A veces, emulando su estado anímico, brilla fulgurante e ingeniosa, otras chisporrotea provocando penumbras circundantes desde su centro a ritmos más o menos acompasados. Ora retiembla imperceptible, lúcida, con intuitiva llama. Ora se torna profunda y quejumbrosa a escasos milímetros de iluminar la otra realidad.
Hoy, sin embargo, su luz era casi una sombra. La mirada del Doctor profunda e infinita. Silenció unos segundos que hablaron de tristezas y comenzó a relatarnos parte del angustioso diario de su gran amigo Gervasio. Sus palabras salieron sin más y nos extrañaron por lo directas; sin previa aclaración de los hechos que allí se narraban o ambientación alguna en la vida y obra de su gran amigo.
Así comienza su relato:
Día uno: Aquí estoy sentado en casa, como siempre.
Día dos: Aquí estoy, sentado.
Día tres: El día uno, tomé la decisión de escribir un diario. Sin demasiadas pretensiones, pero con mucha ilusión y ganas de luchar, sacando fuerzas de flaqueza ante el problema que me ata a esta silla de ruedas.
He estado informandome sobre el tema. Se trata de una anomalía congénita del sistema parasimpático capaz de activar los neurodepresores del cuerpo. El organismo sufre de esta guisa de una sensación tan fuerte de bienestar, que impide que me levante. Es la vieja y mal conocida enfermedad llamada vulgarmente “vagancia”.
¡Sí! ¡Sé lo que piensan! Pero les aseguro que se trata de una enfermedad revestida de muy mala propaganda.
-“¡Ese hombre es un vago!” –dicen aquellos que tienen la osadía y ligereza de levantarse cada día a las tempranas 11 de la mañana. ¡Quién pudiera! El día entero me lo paso durmiendo o repantigado en el sofá. Eso cuando no me tocan las árduas y demoledoras sesiones de rehabilitación en la mecedora: Martes y Jueves, por estricta recomendación médica.
Pero realmente, ¿Quién conoce del sufrimiento que de esas dos inocentes sílabas rezuma?. “¡Vago!”. Voto a Dios cada tarde rogándole que no le toque de vivir a nadie, el peso que sobre mis hombros ha recaído. ¡Ah! Pero también les digo: “¡No quiero compasión alguna!”. Simplemente acepto la enfermedad tal y como viene. Lo único por lo que lucho realmente es por un trato digno. Espero que la sociedad también lo vea así y que se organice desde la instituciones responsables o las ONG, si fuera el caso, un fondo de pensiones para la gente que padecemos este infierno. Pues hay aquí una gran hipocresía social, ya que si un enfermo tiene sufrimientos corporales, enseguida se le reconoce como tal y vienen las ayudas, pero si en vez de dolor, lo que te embarga es una enorme sensación de comodidad, que también te imposibilita para el trabajo y la más mínima acción, entonces insultamos al paciente, tachándolo de vividor, sin tener verdadera conciencia ni conocimiento alguno del alcance y el destrozo físico y cerebral que esta lacra conlleva. Es una enfermedad que nos margina éticamente y nos aboca a vivir prácticamente en la inmundicia y en la indignidad.
Desde la Asociación de impedidos por el placer, llevamos años ya, peleando contra esta ignorancia y desidia institucional.
Desgraciadamente, ante la gravedad del Sr. Constante, “vicerreptor” de la Asociación sólo hemos podido remitir una carta en 15 años y no hemos obtenido respuesta alguna. Por eso desde aquí, insto a mis más fervientes seguidores y allegados o simplemente simpatizantes de la causa, a que se dirijan a los gobiernos de sus respectivos países y les envíen una carta como esta, explicando la enfermedad en toda su crudeza.
El Doctor Pachán cerró las hojas de su diario y dijo: “¡Verdaderamente lamentable…!”
Todavía no sabemos hoy qué quiso decir el doctor con su escueto comentario, pero la vela dio un último chisporroteo en forma de fogonazo y se apagó súbitamente…
Fernado Teijeiro Rey
