PEROTO,EL HIJO DEL INNOMBRABLE
Peroto era el hijo de Coqueta y Triunvirato. Una pareja bien avenida, acomodada y de noble alcurnia del pequeño departamento de Valtuerta de los Berenjenales.
Ya al nacer, marcó su primer acto de distinción, pues nada más salir del vientre de su madre, adoptó una actitud chulesca y una clara pose de fastidio, con los brazos cruzados y el entrecejo fruncido en lugar del habitual lloriqueo con el que las criaturas menos espabiladas reciben este mundo.
Fue en todos los aspectos un niño postmaturo. Hubiéronle de amenazar para que saliese de su escondrijo. Hecho que se produjo a las ociosas once de la mañana del décimo mes después de haber sido concebido. Nadie osó pegarle el consabido cachete de bienvenida, pues el muy ladino respiraba ya a las claras, remoloneando en el vientre de su madre en el que, según investigaciones ulteriores, parecía haber hecho algunas reformas de pequeña envergadura para su acomodo y usufructo.
Su mirada era acre y desafiante cuando lo arrancaron a regañadientes con un evidente gesto de fastidio. Fue inmediatamente instalado en una arrinconada cuna por temor a cualquier tipo de represalia.
El Doctor Mendelevio, que atendió el parto, advirtió enseguida a los padres sobre la posibilidad de que el incipiente ser fuese de naturaleza diabólica o entidad plutónica desconocida, en observancia a los extraños acontecimientos en los que el alumbramiento se había desarrollado.
Triunvirato, abrumado por un espanto horrible y repentino, abrió la boca del chico e inmediatamente respiró aliviado:
-“¡No diga usted injurias, Doctor Mendelevio!”. Aquí no hay rastro de dientes vampíricos, ni deformaciones horrendas de carácter galáctico o luciferino. Ni siquiera aparece por ninguna parte el famoso número 666 en eccema corpóreo, ronchas o estigmas que denoten una clara afinidad o gusto por lo satánico. Tampoco observo el número 25,806 que me pudiese suscitar algún tipo de sospecha, pues como usted bien debe saber, su potenciación cuadrada se aproxima en extremo al susodicho número de Belcebú.
¡Perdone que me carcajee, Señor Triunvirato, pero su desconocimiento pleno sobre la maldad y sus manifestaciones es tan pueril que me mueve a la jocosidad!... Lo que usted está argumentando equivale a pensar que la ponzoña de las setas se encuentra dibujada en los sombreretes de las mismas a modo de calavera… ¡Que el cielo nos guarde…! Una entidad malévola, tratará por todos los medios de pasar inadvertida durante el tiempo que considere menester hasta que vislumbre de manera nítida e inequívoca la oportunidad propicia para culminar sus oscuros fines.
Los ojos de Triunvirato se abrieron de par en par tras atisbar la inquietante realidad que hasta sólo unos instantes le había sido velada. Observando al Doctor Mendelevio, le dijo con voz profunda:
-“¡Oh…, hijo de Menphistopheles! ¡Agujero impío! ¡Sulfurosa poza de fluídos infecto pestilentes!¡Bombilla de la penumbra!¡Sospechoso maletín de violín en manos del sordo!...¿A qué juego tortuoso estáis jugando?¿Queréis quizá embaucarme para que renuncie a mi hijo en favor de una institución médica donde se le trataría adecuadamente con todas las garantías de una educación digna a la vez que se estudia la evolución psicosocial de la criatura para beneficio de la humanidad y todo ello a cambio de un estipendio mensual más o menos fructífero?
-¡Por Dios, Señor Triunvirato! ¡Nada más alejado de mis pensamientos! Sólo quería advertirles de semejante portento de la naturaleza para que intenten reconducir sus tendencias naturales hacia fines más benévolos…
-¡Ah, era eso…! ¡Mejor dejemos al chico como está! Después de todo puede que el mundo aprenda algo de él. ¿Quiénes somos nosotros para jugar a ser Dios?
Y de esta manera, Peroto, El mismísimo hijo del innombrable –aunque, incongruentemente sea el que más nombres tiene- pasó inadvertido a la humanidad hasta que ya fue demasiado tarde…
-Fernando Teijeiro-
