LA LLUVIA QUE RECOGE EL ALMA
Fuera está lloviendo… durante todo el día la lluvia ha persistido de una manera constante y sosegada, encharcando los campos grises de las desoladas colinas que bordean mi refugio. Haciendo brillar las hojas de las enredaderas que, en el pedroso patio, se agolpan contra el muro en un vano intento por mantener aquel cálido aliento vaporoso que, casi imperceptible, escapa de sus poros.
En la musgosa esquina del Norte, el cántaro desborda lentamente, emborrachando las cuencas pétreas del oscuro patio. Mil ojos diminutos contemplan escondidos:
La araña tras los postigos, el gorrión que, redondo, se acurruca en el alero pizarroso, la rana bajo la verdosa y aletargada manta liquida de su pequeña poza…
Las criaturas se acomodan en las atalayas ocupando sus mullidas camas y cediendo sus movimientos al único protagonista acuoso que ameniza el espectáculo con su recurrente sinfonía…
Mis propios ojos, tras la ventana resbalosa, se adormecen y buscan abrigo en la cálida lumbre que con quebrantos, danza su ritual mágico, reiterado desde el principio de los tiempos.
Tan sólo se perciben sutiles variaciones fugaces, y esquivas para el recuerdo, en su baile sempiterno al crepitar.
Si pudiésemos comparar todos los fuegos de todos los tiempos, jamás encontraríamos dos coreografías exactamente iguales. Sin embargo, a sus llamas les encanta vestir a menudo las mismas prendas rojo-anaranjadas y las variaciones de ejecución de sus dibujos, son tan fugaces y sutiles, que los requiebros de la última luminaria semejan, casi a la perfección, idéntico movimiento que el de la primera. El mismo fuego de todas las edades ardiendo en todos los tiempos. Es por esto, que nos embelesa y causa un efecto hipnótico en nuestra mente, relajando el cuerpo y recordándonos que todo va bien, que todo continúa como en el albor de las edades.
Ocurre lo mismo con todos los movimientos naturales cotidianos: el cántico de la lluvia… el viento sobre las cimas… las olas de los océanos… el sonido de los arroyos… y el aire, que, colándose por entre los resquicios de las puertas, silba amenazante su advertencia: “¡Quedaos junto al fuego, pues hoy vuestros dominios nos pertenecen…!”
Ahora, que el día se va consumiendo, cede su reinado a los seres de las sombras, amigos de las esquinas y dobleces torvas. Sibilinos conocedores de los intersticios profundos de mi ser. Trepan gozosos por lianas de tendones, emergen de las dendritas, y, sonrientes, van ocupando sus taburetes haciendo corro bajo la penumbra de la encogida estancia.
Ha llegado nuestra hora y acuden puntualmente a la agradable cita: duendes, enanos, elfos y toda clase de rarezas se agolpan expectantes con caras de pillería e ingenio.
Esperan a alguien que se retrasa… mientras, inquietos, como de costumbre, susurran jocosos relatos de trampa y de triquiñuela.
Algunos se entretienen jugando a tirarse al fuego y comprobar cúal de ellos ha quedado más tiznado.
Un nuevo grupo arrastra su pecho por la tarima y con la barbilla alzada a un dedo del piso y las manos agarradas tras la espalda, se propulsan con sus diminutas y estrafalarias piernas en lo que parece una especie de carrera o competición organizada con el único pretexto de “Ir matando el tiempo”.
Pero todos se detienen sonrientes y abandonan sus quehaceres, cuando unos pasos acelerados se aproximan al pórtico exterior del salón. Son las inconfundibles y clandestinas botas del aventurero de la noche… son tus botas que croan húmedas en el diván de la entrada.
¡Adelante, amigo… te estábamos esperando…!
Fernando Teijeiro Rey

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